Quemando etapas.

Desde que me saqué el carnet de moto siempre rondó por mi cabeza la idea de cogerme una. Mi relacion con ellas siempre ha sido, digamos que, de amor-odio.

Mi padre era gran aficionado a las motos, y mas o menos coincidiendo con mi primera comunión, me regaló la típica moto de moto-cross de 49cc, adornada con unas botas a medida, casco…en fin, todo el equipo. Fui a algún ciruito a probar y… entre alguna ostia que metí y que siempre iba solo con él, no me llenaba. Me duró la fiebre unos dos años en los que apenas la toqué. Me tiraba mucho más coger la bici e irme con los amigos por ahí a hacer gansadas (tampoco me dejaba mi padre cogerla por el casco urbano) así que para mí era aburrido, pues no tenía amigos con moto. Finalmente terminó en un conocido taller del pueblo, cambiada por una California BMX y una Bici de Mountain Bike ( mi primera MTB), más feliz no podía estar.

Mas tarde en la adolescencia, me empeñé en tener la típica Derbi Variant o una Tiphoon pero ahora sí, me encontré con un NO rotundo de mi madre. En aquel momento me lo tomé fatal, pero viéndolo con perspectiva, lo entiendo. Imaginarte a tu hijo  de 15 años por la ciudad con una moto…no es el mejor de lo planes. Así que mientras estuviera bajo su dominio no tendría mi ansiada máquina de libertad.

 

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Y ahí se quedó mi afición por el motor, hasta que hace un par de años me picó el gusanillo de tener una. La elegida fue una Yamaha FZ6 N. En principio estaba encantado con ella, y realmente la sensación de conducir en plan tranquilo por las carreteras que me rodean, me gustó. Pero no me llenó. No dispongo de todo el tiempo que merece el tener un capricho así guardado en el garage. Y para usarlo dos veces al año… además no era mi tipo de moto, me inclino más por algo tipo Harley, vamos una “custom”, pero eso ya será en otro capítulo, o no.

 

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He ido a alguna ruta motera, no lo he pasado mal, pero si hay algo que tengo claro es que por el hecho de tener una moto no eres “motero” o así lo sentía yo. Es como por tener un coche eres “cochero”…bueno una jilipollez. El caso es que nunca conseguí que la viera como un mero vehiculo de transporte.

Así que nada, desde hoy mismo duerme con su otro dueño. Se queda con un buen amigo, en buenas manos. Por ahora esta relación que tengo con el motor a dos ruedas, sigue sin llegar a cuajar. Tal vez nunca lo haga, y es que los pedales me tiran demasiado.

 

Mamá, ya puedes desansar más traquila.

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